The Banana Tribune

Viernes, 3 de septiembre de 2010     

La vuelta del calcetín

1 Julio 2010

La entrada de hoy es posible que roce el mal gusto, pero es que su protagonista se vio envuelta en un enorme ‘cul de sac’, y nunca mejor dicho. Para que la escatología no salpique sus pantallas, desde Atolladero, intentaremos que el tratado conjugue la dosis de humor justa con un vocabulario lo más proctológico posible. Los que ostenten un olfato muy desarrollado, absténgase de la lectura.

Gertrudis es una nonagenaria simpática y entrañable. Pese a su edad, se muestra vital y encara el día a día con los desajustes propios de un chasis ya castigado, pero con el humor optimista del que jamás ha tenido achaques severos. Gertrudis y Paqui -su inseparable amiga del colegio y responsable de haber filtrado este material- eran algo así como la versión geriátrica de Thelma y Louis, además de dos auténticas mohicanas de su generación. Por suerte no leen blogs, o eso creemos. Ordenador no tienen, seguro. Procedamos.

En el momento en que Gertrudis empezó a notar que algo funcionaba mal en la puerta de atrás, la cosa ya había tomado dimensiones considerables. Resignada a un nuevo desajuste en su vivida anatomía, pensó que la cosa no iría a más; vamos que nunca creyó aquello de que las cosas siempre pueden ir a peor. A fin de cuentas, aquello no era como un dolor de huesos o un mácula ocular, no era algo para ir explicando, pudorosa ella: se trataba de un prolapso rectal e iba en aumento, como dotado de vida propia. Para aquellos profanos en la película, daremos dos pistas: nula función constrictora del ano sumada a la inexorable ley de la gravedad. Resultado obvio; al margen del nulo control sobre el esfínter -con las complicaciones a la hora de las deposiciones-, el recto de Gertrudis colgaba atrído por el magnetismo terrestre, sobresaliendo un palmo, extracorpóreo.

Y ya se sabe, cuando uno se huele a sí mimso, ya sea pie, axila o ingle sudada es que la cosa tumba; pues imaginen el tufo de un recto colgante. Cuando el hedor se hizo, a todas napias plausible, la reacción no se hizo esperar. Una cosa era lidiar de forma estoica con las incomodidades propias de aquella pelota rectal, y otra muy distinta ir por ahí dando el cante, como el típico sobaquillo de autobús que, en pleno verano, embarga hasta al más anósmico.

‘No se preocupe señora Gertrudis. Aunque esto resulte muy aparatoso es más común de lo que piensa. En su caso, tal vez hubiera podido acercarse antes por aquí, pero ya se sabe, la vergüenza…Lo que está claro es que este percal necesita de una reparación y ya verá como es un momento. Un poco de anestesia local, le damos la vuelta al calcetín -jodido plural mayestático-, un par de puntos de sutura a lado y lado de su maltrecho ojete y para casa’

El facultativo lo encontró tan sobrenatural que hizo llamar, con el consentimiento de la anciana, a algunos compañeros para que contemplaran aquella maravilla médica, endémica de la anatomía de Gertrudis. Como no, había un enorme batiburrillo de camilleros, los auténticos mensajeros de todo cuanto acontece en los hospitales. Había quien incluso hacía fotos con el móvil o grababa pequeños fragmentos en vídeo, atraídos por el pestilente magnetismo de aquel recto girado. Ante tanta expectación, el efecto de los calmantes y alguna que otra broma bien hilvanda, Gertrudis no pudo más que rendirse a los caprichos del insondable cuerpo humano y acabar por reír ella también. Lejos del bochorno y con el puestazo del relajante muscular, el médico echó a todo el mundo y procedió con la anestesia local.

Mientras el doctor empujaba hacia las entrañas de Gertrudis aquella masa apestosa y tumefacta con los dedos corazón y anular,  nuestra nonagenaria amiga sacaba sus conclusiones y repetía en su cabeza: ‘¡lo ves Paqui, la vejez es jodida, pero aún se puede figurar!’.

Comer, cagar y la doctrina Mataji

4 Junio 2010

Hará justo un año fui testigo de la defunción de un abuelo entrañable. Como suele ocurrir, la muerte le sobrevino a cámara lenta. Una afección hepática lo tuvo postrado en una cama de hospital durante semanas, las mismas que su mente pudo con las cornadasque lo absorbían hacia el otro barrio. Para ello, mientras no entendía el por qué continuaba ingresado, trazó una estrategia del todo encomiable. Ésta podría resumirse en tres palabras: comer y cagar. El hombre sabía que mientras jalara habría la consiguiente evacuación y que así, su organismo estaría alerta para batallar contra cualquier enemigo. Para ello, se atracaba con la bazofia de hospital, consciente que así haría frente al tránsito final. La cosa fue a peor y la morfina se llevó la gazuza y con ella, al bueno de Enric.

Cuando acabó todo, entendí que aquello había sido una lección potente y útil. Da lo mismo ser o no ser, comer y cagar, esa es la cuestión. Entonces, hace unos días, apareció en escena Prahlad Jani -Mataji para los amigos-, un hindú de 82 años que lleva desde los 12 sin ingerir alimento ni líquido alguno. Obviamente, la coyuntura me pareció imposible, médicamente y sobretodo, acogiéndome al valioso know how que Enric me había inoculado. Con semejante carta de presentación, no es de extrañar que Mataji se encuentre en observación, para que los médicos dictaminen cómo su enclenque anatomía ha soportado este trance sin consumirse. No cabe duda que su caso ha abierto múltiples interrogantes.

Mataji es la prueba irrefutable que no existe la inanición. ¿Todo el patín que hay en África, es pues, una cantarela para que la opulenta sociedad occidental se ablande? Mataji no habla, no reivindica, no pretende. Es más, dejó de comer y beber porque, aparte de ser un mendigo insolvente, entendió que su vida no tenía un fin, que no existen los acometidos ni las metas. Nadie está programado para ser ‘algo’ concreto en la vida, eso son patrañas para dar sentido a la existencia. Yes esa actitud pasiva, completamente entregada a los designios del birlibirloque, desposeída de voluntad, la que le ha permitido vivir, y seguir haciéndolo, sin ingerir nada. Obviamente, Mataji no come ni bebe y por tanto no caga ni mea; ¿estaremos ante un Dios de carne y hueso?

Asimismo, su aparición en escena es todo un pulso, casi un desprestigio absoluto hacia los huelguistas de hambre. Se acabó la fuerza del mensaje de Gandhi, curiosamente, contraatacado por uno de su misma especie. Pero es que Gandhi sí ambicionaba algo con su comportamiento. Mataji no. Sabe mal pero es así. Exponerse a la inanición como método reivindicativo es ya historia. El bueno de Fariñas ya puede claudicar. Es evidente que las famosas fotos de De Juana Chaos, habrían pasado por el filo del fotoshop para alarmar a las autoridades y que Aminatu Haidar, pese enarbolar una lucha noble en favor de la causa saharaui, no hubiera conseguido quitarse de en medio con su huelga de hambre, que en su caso, amortiguaba con té a la menta. Es decir, que sí miccionaba y por tanto, hacía trampa.

La teoría del ‘paluego’ gigante -muy extendida entre los foros del ciberespacio- es una posibilidad remota para considerarla. En el hueco de una muela ausente, Mataji habría acumulado un enorme montón de cordero al curry que habría ido dosificando hasta la fecha de hoy. Si eso fuera cierto, después de 70 años entre el marfil de Mataji, el cordero habría acabado por pudrirse, creando una fuerte infección que sí se lo habría llevado por delante.

A la espera de los exámenes médicos, en Atolladero cunde el nerviosismo. Si el diagnóstico de Hamlet y su ’ser o no ser’ quedó desfasado por el ‘comer y cagar’ del bueno de Enric, es posible que estemos ante un tercer estadio: la doctrina Mataji; ’si comes, la cagas’.

Con la nicotina ya nos basta

21 Mayo 2010

Viene ocurriendo desde hace decenios; las calles de NYC y San Francisco son hervideros que generan nuevos hábitos de conducta, que acaban convirtiéndose en tendencias para el resto del mundo, sobretodo en Occidente. En Iberia, nuestro territorio patrio, estas inclinaciones siempre llegan con un par de años de retraso, pero cuando explotan, inciden de lleno en nuestro manto social. Es el caso del barebacking, una práctica extendida entre la colonia gay americana y que podría resumirse en tres palabras: ruleta rusa sexual.

Nos explicamos. No descubriremos aquí la influencia decisiva de la comunidad gay en el terreno de las libertades y las artes. Como tampoco es novedad la propensión de algunos homosexuales hacia la extravagancia y el exhibicionismo, rozando cotas histéricas para algunos. Eso es cuestión de cada uno, pero hay límites en los que la sin razón da paso a la estupefacción más extrema. Es el caso del barebacking. Desde Atolladero, acostumbrados a todo tipo de desviaciones y extrañas inclinaciones, no hemos podido evitar una pequeña dosis de estupor, casi mareo. Jugársela con el Virus de Inmunodeficiencia Humana, el SIDA, no es moco de pavo.

Años después de las masivas infecciones de los años 80, debidas a la liberación sexual y al consumo de heroína como gran droga recreativa, la situación no se ha invertido. La lucha del preservativo por encapuchar el máximo de penetraciones y blindar la salud contra el bicho -jerga con la que se conoce al SIDA entre los seropositivos- parece condenada al fracaso. Cada vez más jóvenes olvidan aposta el chubasquero, ajenos a posibles contagios y otras afecciones de transmisión sexual. Está en las estadísticas. 

¿Inconsciencia? El barebacking es el fenómeno consciente de exposición al bicho. ¿Qué?¿Cómo?¿Quién en su sano juicio puede desear, con todas sus fuerzas, contraer la enfermedad maldita?

La respuesta a estas interrogaciones no es tan obvia como cabría esperar. Con el nuevo milenio y la proliferación de fármacos más efectivos para el tratamiento de la enfermedad, el SIDA se considera un mal menor entre los gays más desfasados. Así, no son pocos los que movidos por esta pérfida inclinación, deciden, deliberadamente, exponerse al bicho a base de relaciones suicidas con infectados. Los hay que quedan en grupo, en los que una mayoría sana se penetra cruzadamente y sin protección, siendo uno de ellos portador del virus. Según parece, la gracia reside en no saber quien lleva el ‘regalito’ encima (el denominado gift giver), sobreexcitando a aquellos que se la juegan (los bug chasers o cazadores de bichos), generando una adrenalina similar a la de un deportista de riesgo. La explicación a tan alevoso comportamiento podría ‘entenderse’ entorno a dos ejes.

No vamos a descubrir aquí la promiscuidad de la colonia gay. Los hombres siempre tenemos ganas, ¿no? Pues al que le van los hombres…¡descantille! Una miradita puede ser suficiente para la acción, anónima y fugaz. Esta vorágine sexual, induciría una especie de hastío que desencadena en el sopor propio del que lo ha probado todo y más. Y esta exposición prolongada al riesgo sin infección, es lo que paradójicamente, inflamaría los instintos de algunos, entendiendo la transmisión del bicho como algo altamente erótico.

Como a pesar de la enorme alarma, contraer el SIDA no es una fórmula matemática, es decir, que no basta con profanar un recto infectado, los gift givers sienten especial satisfacción cuando por fin infectan a un tercero, un regocijo directamente proporcional al del bug chaser que consigue que el test salga positivo en su última visita al facultativo. Según parece, los gays que se salen con la suya, pasan a formar parte de una hermandad que se nutre de un sentido de pertenencia mayor que el de formar parte, de por sí, a la propia comunidad gay. Y es que es ley de vida. Para no convertirnos en unos parias desviados, todos necesitamos el cobijo de un pequeño universo cohesionado…y ahí ya, cuestión de prioridades.

Desde Atolladero, lo único que esperamos es que prácticas como el barebacking no calen en la masa civil. Por el bien del cuerpo médico de este país, de por sí desbordado, esperemos que a nadie se le ocurra empezar a esnifar amianto para autoprovocarse un cáncer de pulmón, para así confraternizar con la comunidad de la metástasis y la quimioterapia. Con la nicotina ya nos basta.

El bestialismo es cosa humana

4 Mayo 2010

No es ninguna noticia que el antropocentrismo, esa corriente que nos lleva a creernos superiores al resto de animales y seres vivos, está totalmente arraigado entre la humanidad. Todas las civilizaciones que pueblan el planeta interactúan con el mundo animal, estableciendo relaciones simbióticas, pero también descaradamente dominantes sobre el resto de bestias del reino; si hasta en el reino de Shiva se adiestran elefantes pese a su paquidérmica inteligencia…es así, los pulgares, el lenguaje y el desarrollo de la materia gris nos han permitido dirigir la vida de casi todos los animales, sometiéndolos a nuestro antojo. Un sometimiento que en algunos casos les ha salvado la vida y en otros muchos se ha cobrado lastimosas extinciones. El ‘desarrollo’ humano es lo que tiene, daños colaterales…

Así, no es de extrañar casos como el de Douglas Spink, un ex jinete defenestrado convertido en trepa buscavidas por culpa del tráfico de estupefacientes, que abrió algo así como ‘la granja lupanar’, en la que un enjambre de equinos, cánidos y roedores vivían encerrados, a la espera de encuentros sexuales. Ahora, no con otros de su condición -todos sabemos que existe mucha indigencia sexual entre las mascotas poco agraciadas; ya se sabe, en el parque los dueños no están para que sus perritas en celo se crucen con cualquiera- sino con humanos. Lo que hubiera podido ser una iniciativa del todo loable: todos los animales deberían tener derecho a purgar sus instintos con un similar y abandonar por un día el cojín o lo que sea que utilicen para aliviarse; se ha transformado en una pérfida maquinación en la que los animales servían como alcahuetas para venales zoofílicos venidos de todo el mundo.

Como era de esperar de un politoxicómano consumado como Spink, tenía a toda la granja completamente drogada. Según han relatado fuentes veterinarias del estado de Washington, todos los integrantes de esta corte de fulanas plantígradas presentaba síntomas evidentes de dependencia a la ketamina y al LSD, ambas sustancias suministradas por Spink para que los mamíferos pudieran evadir sus mentes mientras prestaban sus cuerpos a las corruptelas sexuales de nuestros similares.

Pese a todo, a tenor de las imágenes intervenidas al único cliente que se encontraba sumido en el rubor de la granja, un individuo británico de 51 años amante de las orgías con cánidos, los chuchos no parecían forzados a interpretar rol alguno, aunque se mostraban paralizados, a saber si debido a la vergüenza o a la acción de los anestésicos. Mejor omitiremos detalles. Los investigadores han intentado tomar declaración a todos los afectados, pero sólo han obtenido un manojo de relinches, ladridos y chasquidos de difícil interpretación.

Lo más penoso ha sido descubrir el estado de la nutrida representación roedora, más indefensa y por tanto, más expuesta a la dominación. Aparte de los enormes cuelgues que Spink les proporcionaba, consciente que eran los que más sufrían, los roedores tenían en sus espaldas la responsabilidad de interpretar el papel más arriesgado de la granja: el conocido juego de Armageddon, en honor al primer ratoncito, homónimo, obligado a adentrarse en el recto de su amo, introducido a través de un tubo de metacrilato, para que sus largos bigotillos cosquillearan las paredes de su próstata mientras éste se masturbaba.

El final de Armageddon lo conocemos casi todos. Su curiosidad -no entendía nada el pobre- lo llevo hacia el intestino, perdiéndose en la oscuridad del colon. Asustado, su dueño lo llamaba: ¡Armageddon, Armageddon, sal de ahí ya! mientras alumbraba con un mechero el extremo del tubo para mostrarle la luz al final del túnel. Lo que acaeció entonces es lo más parecido a una explosión de grisú humana. Con la dilatación prolongada se cuela el aire y ya la tenemos liada: contener una ventosidad en esas circunstancias es una gesta heroica que puede costarnos muy caro, pero no digamos a nuestro intrépido roedor minero. Gas de las entrañas con su correspondiente carga sulfurosa, llamarada de película, expulsión de Armageddon en forma de pirotecnia ratonil. Todos los roedores allí hacinados, embadurnados de vaselina, vivían en un incierto presente, como en una ruleta rusa permanente, a la espera del próximo desviado que visitara la granja.

Es una de las colateralidades de la búsqueda de nuevas sensaciones; crear individuos completamente descaminados. La verdad, no me imagino a un caballo tan salido que intente zumbarse a una hembra bisonte por las praderas de Yellowstone, ni a un jerbo del desierto completamente desatado, intentado penetrar a una largatija. Ya no digamos los perros, el can, nuestro amigo más fiel, ¿qué sucedería si éstos empezaran a sodomizar gatos? Sin duda, el bestialismo es cosa humana.

Willi Jarant Über alles

13 Abril 2010

Curt Willi Jarant es ya toda una celebridad. No fue por voluntad propia, él nunca quiso figurar. Por suerte, nunca tuvo ni tendrá la posibilidad de saborear o repudiar las mieles de la popularidad planetaria de la que gozó el pasado 8 de abril, gracias a sus únicos familiares. Willi lo único que hizo fue traspasar 12 horas antes de coger un avión, el último antes del definitivo gran viaje. En su caso -un hombre delicado de 91 años- la muerte era una posibilidad con estrella en una hipotética quiniela; vamos, nada demasiado excepcional. Pero su mujer y su hijastra, decidieron tenderle una emboscada al más puro estilo ‘Diario de Patricia’, aunque en su caso, póstuma y por tanto, exenta de vergüenza: subirlo, fiambre, al avión que lo devolvería a su Alemania natal, la patria de su corazón. En el check in acabó la ‘broma’, destapada por la encargada de la facturación, Leah Gandy, que relató lo acontecido como ‘lo más extraordinario que me ha pasado jamás’.

Willi había servido en la II Guerra Mundial. Con 20 años entró en combate como piloto de la Luftwaffe. Como tantos otros jóvenes de su generación, cumplía órdenes, su nación estaba en guerra. Debía servir a su país, al margen de ideologías y teoremas políticos que se la resbalaban. Era un buen tipo, aunque la suerte no le había tratado bien en sus últimos años. Mermado por culpa del mal de Alzheimer, había sido acogido por su mujer y su hijastra en la deprimida barriada de Oldham, a las afueras del Manchester más industrial, zona que había bombardeado intensivamente a bordo de su Messerschmitt BF 109. Cuando Anke, su hijastra, encontró su futuro en aquel suburbio británico, Willi no lo podía creer. Le picaba todo, ¡qué urticaria sólo de pensarlo!… ‘Jodido Alzheimer’-debía pensar cuando lo ‘deportaron’ a Oldham para poder cuidarlo de cerca.

Tras una temporadita larga en Oldham y pese a la enfermedad que lo atenazaba, Willi conservaba cierto orgullo y la verdad, no paraba de quejarse y dar la tabarra. Algo en su inconsciente le decía que no debía permanecer ni un día más en aquel pútrido rincón inglés. Aborrecía el pastel de higaditos de Margaret, la interina que lo cuidaba. Se cagaba en el porridge y en toda la gastronomía británica. Fantaseaba con saborear un codillo asado, con su indisociable choucroutte y oír alemán por las calles, ni que fuera desde la reclusión, pero en su bien amado Berlín.

Ahora bien, a fuerza de hacerse el cascarrabias, Willi había conseguido su propósito. Ya lo tenía todo pagado y planeado. El día y la hora de su redención, fijados: el 8 de abril volaba hacia Schönefeld para acabar sus días en tierra germana. Pero cuando todoiba de cara, la maquinaria alemana cedió. La tercera edad, ¡qué coño!, cuarta ya en su caso, no pudo con el chute del último cartucho de adrenalina que conservaba su tumefacto físico de 91 primaveras. Pese al Alzheimer, el último atisbo de razón y reconocimiento activo de su realidad, propicaba una fatídica reacción en cadena: nervios positivos-inyección natural de adrenalina antes de partir-endorfinas por las nubes años después-felicidad total-fallo multiorgánico-fiambre 12 horas antes de la gloria-.

Hoy, cinco días después que Anke y Gitta intentaran colar el cadáver de Willi en el vuelo 7223 de EasyJet con destino Berlín, la gran cuestión es si una vez muerto, el bueno de Willi llegará jamás a discernir si la tierra que lo cubre es, efectivamente germana o la deleznable arena británica que un día bombardeó. En cualquier caso, descanse en paz.

Adolfo/a Hitler

30 Marzo 2010

El sitio de Berlín a cargo del ejército ruso propició el fin de la II Guerra Mundial. Cuando la artillería soviética se encontraba a 200 metros del búnker en que Hitler y su Tercer Reich sucumbían, el Fürer puso el punto y final volándose la tapa de los sesos o lo que tuviera ahí dentro. En su particular ’solución final’, el canciller se llevó consigo a su mujer, Eva Braun, hasta las trancas de cianuro; buen cebollón. Lugo, Otto Günsche, fiel asistente de Hitler, los enterró en las inmediaciones del búnker, con el fin que el enemigo jamás pudiera reconocer los cuerpos. Y parece que lo consiguió: el cráneo que los rusos se llevaron como cabellera del Fürer y que ha estado expuesto en un museo moscovita hasta hace cuatro días, es de mujer. Y la prueba del ADN engaña menos que la del algodón, eso lo sabemos todos.

En este 2010, 65 años después, aceptar este hecho supone darle aire a todo un abanico de hipótesis, a cual más retorcida e inquietante. De entrada, encajar la noticia supone admitir que Hitler hubiera podido eludir el cerco de Berlín y permanecer huido hasta su muerte, quién sabe dónde y cuando. La verdad que no cuesta nada imaginar una hipotética huida. Primero: desviar la atención con el suicidio. Segundo: hacerle la perla a su mujer con el cianuro; ’si tú te lo bebes yo también’ y luego, ñak!, su chupito era de vodka. Tercero: cambio radical de identidad. Acostumbrados a la estampa grandilocuente y presumida del Fürer, ¿quién lo hubiera reconocido rapado, sin su bigotillo y harapiento en un control rutinario? ¿Habría llegado a viejo?

La simple idea que Hitler pudo pasar el resto de sus días en plan Curro y que muriera apaciblemente, de yayo, piña colada en mano en algún rincón relajado del planeta produce urticaria. Claro que existen otras conjeturas. Mucho se ha hablado sobre su orientación sexual; que si perdía aceite a chorro, que si en realidad lo que le iba era la necrofilia -hecho que explicaría porque rodeó su existencia de tanta muerte- o que si lo suyo de verdad era el fist fucking.

El caso es que Atolladero ha tenido acceso a cierta información privilegiada que cambiaría por completo el curso de la historia. Según parece, Hitler era un ser hermafrodita. De cintura para arriba varón y de cintura para abajo hembra. Vamos, que a ojos de la gente, vestido, parecía un hombre aunque su entrepierna escondía una tersa vagina aterciopelada, lo que justificaría los datos relevados por las pruebas de ADN y confirmaría que, efectivamente, el cráneo exhibido en Moscú, con orificio de bala en la sien, corresponde al mayor genocida de la humanidad: Adolfo/a Hitler.

Furor inguinal

16 Marzo 2010

Según nos han filtrado, aquello no era más que una barba de tres días, cuatro a lo sumo, pero David era muy fogoso y no podía presentarse así a su encuentro; aún menos en estos días que corren, en plena cruzada metrosexual contra el vello, más si cabe cuando éste relucía en lo recóndito de su anatomía más íntima.

Megan Mariah Barnes iba conduciendo su flamante Ford Thunderbird del 95 por las carreteras de Florida cuando cayó en la cuenta. Bernard, su ex marido, contemplaba el paisaje apoltronado en el sillón de copiloto, ajeno a las cábalas impúdicas que sobrevenían a Megan. Ella le acompañaba hasta una población cercana, a medio camino a su destino final: la bucólica cabaña de David en mitad de Key West. A fin de cuentas, lo suyo con Bernard acabó de forma natural y amistosa, no iba a negarle un favor así. Además, él estaba al día en lo que concernía a las relaciones de Megan; los celos jamás intercederían entre su amistad.

La triangulación en la que se encontraba se las traía, pero no había marcha atrás. Megan conocía bien los gustos y manías de David y sabía de su militancia anti-pelusa. Debía actuar cuanto antes y no era cuestión de demorarse, además no parecía haber ninguna área de descanso en el trayecto. Si algo caracterizaba a Megan era su impulsividad, a veces temeraria. Sin más preámbulo, le dijo a Bernard que le alcanzara el neceser con la intención de erradicar el tomento que se acumulaba en sus voluptuosas ingles. En esas condiciones, en plena conducción, no podría aplicarse una depilación integral -como adoraba David-, pero sí aspiraba a un digno corte a la brasileña, manteniendo únicamente el flequillo central y el mínimo vello perineal.

Descartadas las pinzas, la Epilady y la gillette en seco, Megan se decantaba por los papeles depilatorios, el sucedáneo más parecido a la efectividad dolorosa de la cera caliente. Bernard no salía de su asombro. Encargado del volante, no daba crédito; aunque -no lo iba a negar- la situación le parecía del todo excitante. Ver de nuevo los entresijos de la que fuera su amada, ocho meses después, le resultaba una gesta impagable, más si cabe en aquellas condiciones, a tocar del surrealismo más psicodélico.

El espatarre -que palabra más gráfica- era total. Pie izquierdo sobre el salpicadero, el derecho sobre el pedal acelerador y, adhesivo va adhesivo viene, Megan se concentraba en la poda inguinal. Para Bernard era complicado mantener la vista sobre el asfalto, distraído por la efervescencia creciente que le embargaba. Era tal el ardor que, encandilado por la carga erótica del momento, Bernard desatendía más y más la carretera hasta lo irremediable: colisión.

Pasado el susto inicial y cumplimentado el parte correspondiente -sin heridos de consideración-, Megan y Bernard continuaban dominados por la adrenalina, inyectados en sangre. En pleno subidón, el Thunderbird del 95 era testigo de la vorágine de los cuerpos, mientras David, fantaseaba con adiestrar las indómitas ingles de Megan, recluido en su idílico picadero de Key West.

Corea: Game Over

9 Marzo 2010

A pesar que nuestros medios no enfoquen sus parabólicas hacia esas latitudes, algo se está cociendo en Corea del Sur. Conducimos sus coches, utilizamos sus teléfonos móviles, equipamos nuestras madrigueras con sus electrodomésticos, pero no se vanaglorian, ni alzan la voz. Así, generalizando, creo que no sería osado afirmar que el español de a pie no tiene ni puta idea de cómo va la vida en la remota península coreana. Pues la cosa está chunga. El atolladero es inminente.

Un virus silencioso se expande y las autoridades surcoreanas empiezan a preocuparse. En los cibercafés la población cae como moscas, sobretodo el segmento de hombres entre 16-35 años.

Lee Sung disparó todas las alarmas un mes atrás. Después de cinco días apostado como francotirador entre los escombros virtuales de la batalla de Stalingrado, sus células claudicaron. Alimentado a base de Diazepan y Red Bull -el speedball de cibercafé- para mantener el pulso firme y reducir el pestañeo al mínimo, Lee Sung entraba en fallo multiorgánico, fruto de la vigilia continuada -ríete de la Ruta del Bacalao- y el enorme esfuerzo de concentración, siempre a través de la mirilla de su escopeta cibernética.

Desde que saliera a la luz este primer caso, los rotativos surcoreanos se hacen eco de situaciones paralelas hasta ahora silenciadas, que evidencian graves trastornos adictivos entorno a los juegos on-line. En un cibercafé de Seúl, un joven no dudó en ventilar a su madre in situ, harto de oír como ésta le regañaba por su vicio incontrolable al Zelda. No entraremos en detalles, da lo mismo si el chaval era un disociado, si efectivamente lo era porque jugaba al Zelda cada día desde los 8 años y ya tenía 22 o si la madre era una bruja implacable que merecía un game over. Lo relevante, es que esta misma discusión la tienen cada día miles de madres y parejas en hogares de todo el globo con consola en el salón. Claro que si la cosa no acaba en parricidio o en ultimatums tipo ‘Chun Go, eres un yonqui de la play; decide: la maquinita o yo’, el germen de la adicción se expandirá más y más, alienando por completo a los individuos que lo alimentan. Peligro.

Eso es lo que sobrevino al matrimonio Ho Lin. Como ellos mismos reconocen, la cosa se les fue de las manos. Al dar a luz a Cho Tao, perjuraron que sólo pisarían el ‘ciber’ los sábados; pero las palabras se las lleva el viento y sus alter egos virtuales enseguida exigieron mayores dosis de atención. Al volver del trabajo, él se transformaba en Lionel Messi, mientras ella, pasaba el día encarnada en Miss Death, una mercenaria Blackwater en misión especial por Kabul, conectada en todo momento a su grupo de asalto, a la caza de talibanes virtuales. En estas condiciones de dependencia y enajenación, Cho Tao -de sólo tres meses de edad- no pudo más que rendirse a la inanición, incapaz de valerse por sí mismo, olvidado por sus progenitores.

En su vecina norteña las cosas tampoco andan mucho mejor. Hasta los ojos de kriptonita, Kim Jong-il, prócer supremo e implacable general de la nación norcoreana centra todas las miradas de occidente y la verdad, acojona. Así, a bote pronto, no sabemos qué parece más aterrador: ver cómo los surcoreanos se suicidan en masa en los cibercafés, yonquis de banda ancha y Matrix o cómo sus vecinos se enrolan en una guerra nuclear, a las órdenes de una momia enamorada de Madame Curie.

Slum, marfil y la inestimable ayuda de Shiva

1 Marzo 2010

Radiografía del trance vivido por el pequeño Vignesh

Radiografía del trance vivido por el pequeño Vignesh

No sé qué extraña razón me hace asociar a los hindúes con la higiene y la pulcritud. Lo cierto es que jamás he estado en el subcontinente, pero la primera imagen que me viene a la cabeza si pienso en la India es la de una multitud fervorosa remojándose en el Ganges. Todos sabemos que el agua del río sagrado tiene una función purificadora, aunque desde Atolladero suponemos que aparte del alma, el chapuzón también sirve para purificar axilas e ingles, que nunca viene mal.

Seguramente ésta sea una inferencia sesgada y reduccionista. La vida en los conocidos slums tiene pinta de ser tan o más pútrida como lo relatado en ‘La ciudad de la alegría’ o ‘Slumdog millionaire’: sin agua corriente, sin cloacas, sin posibilidades de llevar a cabo esa pulcra higiene que les otorgo, movido por la lógica del que admira el refinamiento del Kamasutra o la elegante desposesión de Gandhi. Tópicos.

Cuando Vignesh Nageshwaran abrió aquel presente, el slum de Nueva Delhi se tambaleó entero. Su madre acababa de regalarle un cepillo de dientes, por lo que el pequeño Vignesh, de once años, podría mantener su higiene bucal y conservar el marfil en sus maxilares, al contrario que sus progenitores, ambos ‘bi-dentes’ como nuestro ‘Risitas’.

Tal fue la explosión de jubilo en casa de los Nageshwaran, que Vignesh no tardó ni un segundo en querer honrar a su madre con unas flores, todo un presente más allá de lo ornamental, como casi todo en esas latitudes de Shiva. Se subió sobre su bici-taxi y salió como una exhalación, supurando dentrífico, cepillo en boca. Cegado por la adrenalina Vignesh empezó el sprint mientras, crusca-crusca, sacaba brillo a su patio de butacas; peligrosa combinación.

Recorría el slum pletórico, fuera de sí, cuando se precipitaron los hechos. Salida de la curva, recta prominente, doble achican, vaca apostada comiendo basura en un ángulo ciego, frenazo sagrado sobre el suelo de gravilla, yema estratosférica y lo peor: con el impacto, el cepillo se convierte en una saeta que sin más, trepana el paladar blando del pequeño Vignesh, alojándose justo en la base del cráneo. 

Al salir del ambulatorio, algunos medios esperaban recoger las impresiones del pequeño que, visiblemente recuperado, incluso risueño, renunciaba de por vida a la higiene bucal, a pesar que Shiva hubiera considerado que aún no le había llegado su hora.

La redención de Felipe y Gracielita

19 Febrero 2010

Esta entrada está dedicada a la memoria de Charles Osborne (1894-1991) que convivió 68 años (1922-1990) con el hipo.

A Felipe Escamilla le encantaba estrujar su flamante Golf. Aquella tarde soleada, era idónea para rebajar la marcha y disfrutar del paisaje, pero estaba hasta los huevos. Cuando vio aquel cambio de rasante no lo dudó ni un segundo, su paciencia había expirado definitivamente. Adelantar aquel camión a ciegas era la ocasión de emular a Thelma y Louis y acabar con aquel suplicio. Al verse envuelta en tan azaroso atolladero, Gracielita ni se inmutó, entregada a la ruleta rusa escogida por su novio. Después de más de un año con hipo, Gracielita se había cargado aquella relación que tanto prometía.

Lo habían probado todo, y nada. Felipe la quería y la odiaba a partes iguales. Tenía cronometrada su vida en lapsos de 28 segundos, los mismos que Gracielita vivía liberada del hipo. Lo curioso del caso es que ella había encontrado el modo de sobrellevarlo; incluso conciliaba el sueño -eso sí, a base de güisqui y Alapryl- y comía con normalidad, pero Felipe lo llevaba fatal. Estaban hechos el uno para el otro, eso lo sabían ambos. Su historia de amor era la más deliciosa, pero aquel inesperado ‘habitante’ ponía a prueba sus nervios.

Al principio, conscientes que aquello sería algo pasajero, lo abordaban con cachondeito. Felipe, incluso se dejaba ir caricaturizándola entre colegas, cuando llevaba una copita de más y Gracielita lo encajaba con el mismo descojone; pero los días iban pasando, las semanas, meses, tic tac tic tac, 22,23,…27,28 y ‘hip’. Felipe ya no soportaba aquel ruidito gutural, ni el gesto facial que el singulto provocaba en Gracielita. El hipo de su compañera le estaba amargando el carácter, le estaba arruinando la vida. Cuando estaban juntos, no podía estar pendiente de otra cosa. Daba igual lo que hicieran.

Al no haber un remedio farmacológico para el asunto, Felipe había probado de todo. Pero nada funcionaba. Un día, incluso había perpetrado un simulacro de robo ataviado de caco albanokosovar, pero ni por esas consiguió propinarle un susto de muerte. La famosa técnica de presionar el escafoides tampoco resultaba, y eso que Felipe le aplicaba una fuerza de 200 Newtons con su enorme pulgar, un apéndice más parecido a la pezuña de un jabalí. Ni siquiera ahogándola conseguía reprimir aquel espasmo toca huevos. Un día, mientras jugaban al francés y Gracielita tenía la boca a rebosar, Felipe le taponaba los orificios nasales largo y tendido, pero nada; el hipo salía por algún otro sitio.

Lo más jodido es que, pese a todo, se amaban profundamente, necesitaban de su mutuo contacto. Eran culo y mierda antes del hipo y no podía ser de otra forma. Felipe se esforzaba, pero enseguida se ponía triquinósico. Era superior a él. Gracielita, arrastraba un enorme sentimiento de culpa.

 En aquel segundo 26, la suerte estaba echada. Sólo hacía falta que un trailer de escándalo viniera de cara por el carril contrario, al otro lado del cambio de rasante, para que todo acabara.