The Banana Tribune

Jueves, 11 de marzo de 2010     

Corea: Game Over

9 Marzo 2010

A pesar que nuestros medios no enfoquen sus parabólicas hacia esas latitudes, algo se está cociendo en Corea del Sur. Conducimos sus coches, utilizamos sus teléfonos móviles, equipamos nuestras madrigueras con sus electrodomésticos, pero no se vanaglorian, ni alzan la voz. Así, generalizando, creo que no sería osado afirmar que el español de a pie no tiene ni puta idea de cómo va la vida en la remota península coreana. Pues la cosa está chunga. El atolladero es inminente.

Un virus silencioso se expande y las autoridades surcoreanas empiezan a preocuparse. En los cibercafés la población cae como moscas, sobretodo el segmento de hombres entre 16-35 años.

Lee Sung disparó todas las alarmas un mes atrás. Después de cinco días apostado como francotirador entre los escombros virtuales de la batalla de Stalingrado, sus células claudicaron. Alimentado a base de Diazepan y Red Bull -el speedball de cibercafé- para mantener el pulso firme y reducir el pestañeo al mínimo, Lee Sung entraba en fallo multiorgánico, fruto de la vigilia continuada -ríete de la Ruta del Bacalao- y el enorme esfuerzo de concentración, siempre a través de la mirilla de su escopeta cibernética.

Desde que saliera a la luz este primer caso, los rotativos surcoreanos se hacen eco de situaciones paralelas hasta ahora silenciadas, que evidencian graves trastornos adictivos entorno a los juegos on-line. En un cibercafé de Seúl, un joven no dudó en ventilar a su madre in situ, harto de oír como ésta le regañaba por su vicio incontrolable al Zelda. No entraremos en detalles, da lo mismo si el chaval era un disociado, si efectivamente lo era porque jugaba al Zelda cada día desde los 8 años y ya tenía 22 o si la madre era una bruja implacable que merecía un game over. Lo relevante, es que esta misma discusión la tienen cada día miles de madres y parejas en hogares de todo el globo con consola en el salón. Claro que si la cosa no acaba en parricidio o en ultimatums tipo ‘Chun Go, eres un yonqui de la play; decide: la maquinita o yo’, el germen de la adicción se expandirá más y más, alienando por completo a los individuos que lo alimentan. Peligro.

Eso es lo que sobrevino al matrimonio Ho Lin. Como ellos mismos reconocen, la cosa se les fue de las manos. Al dar a luz a Cho Tao, perjuraron que sólo pisarían el ‘ciber’ los sábados; pero las palabras se las lleva el viento y sus alter egos virtuales enseguida exigieron mayores dosis de atención. Al volver del trabajo, él se transformaba en Lionel Messi, mientras ella, pasaba el día encarnada en Miss Death, una mercenaria Blackwater en misión especial por Kabul, conectada en todo momento a su grupo de asalto, a la caza de talibanes virtuales. En estas condiciones de dependencia y enajenación, Cho Tao -de sólo tres meses de edad- no pudo más que rendirse a la inanición, incapaz de valerse por sí mismo, olvidado por sus progenitores.

En su vecina norteña las cosas tampoco andan mucho mejor. Hasta los ojos de kriptonita, Kim Jong-il, prócer supremo e implacable general de la nación norcoreana centra todas las miradas de occidente y la verdad, acojona. Así, a bote pronto, no sabemos qué parece más aterrador: ver cómo los surcoreanos se suicidan en masa en los cibercafés, yonquis de banda ancha y Matrix o cómo sus vecinos se enrolan en una guerra nuclear, a las órdenes de una momia enamorada de Madame Curie.

Slum, marfil y la inestimable ayuda de Shiva

1 Marzo 2010
Radiografía del trance vivido por el pequeño Vignesh

Radiografía del trance vivido por el pequeño Vignesh

No sé qué extraña razón me hace asociar a los hindúes con la higiene y la pulcritud. Lo cierto es que jamás he estado en el subcontinente, pero la primera imagen que me viene a la cabeza si pienso en la India es la de una multitud fervorosa remojándose en el Ganges. Todos sabemos que el agua del río sagrado tiene una función purificadora, aunque desde Atolladero suponemos que aparte del alma, el chapuzón también sirve para purificar axilas e ingles, que nunca viene mal.

Seguramente ésta sea una inferencia sesgada y reduccionista. La vida en los conocidos slums tiene pinta de ser tan o más pútrida como lo relatado en ‘La ciudad de la alegría’ o ‘Slumdog millionaire’: sin agua corriente, sin cloacas, sin posibilidades de llevar a cabo esa pulcra higiene que les otorgo, movido por la lógica del que admira el refinamiento del Kamasutra o la elegante desposesión de Gandhi. Tópicos.

Cuando Vignesh Nageshwaran abrió aquel presente, el slum de Nueva Delhi se tambaleó entero. Su madre acababa de regalarle un cepillo de dientes, por lo que el pequeño Vignesh, de once años, podría mantener su higiene bucal y conservar el marfil en sus maxilares, al contrario que sus progenitores, ambos ‘bi-dentes’ como nuestro ‘Risitas’.

Tal fue la explosión de jubilo en casa de los Nageshwaran, que Vignesh no tardó ni un segundo en querer honrar a su madre con unas flores, todo un presente más allá de lo ornamental, como casi todo en esas latitudes de Shiva. Se subió sobre su bici-taxi y salió como una exhalación, supurando dentrífico, cepillo en boca. Cegado por la adrenalina Vignesh empezó el sprint mientras, crusca-crusca, sacaba brillo a su patio de butacas; peligrosa combinación.

Recorría el slum pletórico, fuera de sí, cuando se precipitaron los hechos. Salida de la curva, recta prominente, doble achican, vaca apostada comiendo basura en un ángulo ciego, frenazo sagrado sobre el suelo de gravilla, yema estratosférica y lo peor: con el impacto, el cepillo se convierte en una saeta que sin más, trepana el paladar blando del pequeño Vignesh, alojándose justo en la base del cráneo. 

Al salir del ambulatorio, algunos medios esperaban recoger las impresiones del pequeño que, visiblemente recuperado, incluso risueño, renunciaba de por vida a la higiene bucal, a pesar que Shiva hubiera considerado que aún no le había llegado su hora.

La redención de Felipe y Gracielita

19 Febrero 2010

Esta entrada está dedicada a la memoria de Charles Osborne (1894-1991) que convivió 68 años (1922-1990) con el hipo.

A Felipe Escamilla le encantaba estrujar su flamante Golf. Aquella tarde soleada, era idónea para rebajar la marcha y disfrutar del paisaje, pero estaba hasta los huevos. Cuando vio aquel cambio de rasante no lo dudó ni un segundo, su paciencia había expirado definitivamente. Adelantar aquel camión a ciegas era la ocasión de emular a Thelma y Louis y acabar con aquel suplicio. Al verse envuelta en tan azaroso atolladero, Gracielita ni se inmutó, entregada a la ruleta rusa escogida por su novio. Después de más de un año con hipo, Gracielita se había cargado aquella relación que tanto prometía.

Lo habían probado todo, y nada. Felipe la quería y la odiaba a partes iguales. Tenía cronometrada su vida en lapsos de 28 segundos, los mismos que Gracielita vivía liberada del hipo. Lo curioso del caso es que ella había encontrado el modo de sobrellevarlo; incluso conciliaba el sueño -eso sí, a base de güisqui y Alapryl- y comía con normalidad, pero Felipe lo llevaba fatal. Estaban hechos el uno para el otro, eso lo sabían ambos. Su historia de amor era la más deliciosa, pero aquel inesperado ‘habitante’ ponía a prueba sus nervios.

Al principio, conscientes que aquello sería algo pasajero, lo abordaban con cachondeito. Felipe, incluso se dejaba ir caricaturizándola entre colegas, cuando llevaba una copita de más y Gracielita lo encajaba con el mismo descojone; pero los días iban pasando, las semanas, meses, tic tac tic tac, 22,23,…27,28 y ‘hip’. Felipe ya no soportaba aquel ruidito gutural, ni el gesto facial que el singulto provocaba en Gracielita. El hipo de su compañera le estaba amargando el carácter, le estaba arruinando la vida. Cuando estaban juntos, no podía estar pendiente de otra cosa. Daba igual lo que hicieran.

Al no haber un remedio farmacológico para el asunto, Felipe había probado de todo. Pero nada funcionaba. Un día, incluso había perpetrado un simulacro de robo ataviado de caco albanokosovar, pero ni por esas consiguió propinarle un susto de muerte. La famosa técnica de presionar el escafoides tampoco resultaba, y eso que Felipe le aplicaba una fuerza de 200 Newtons con su enorme pulgar, un apéndice más parecido a la pezuña de un jabalí. Ni siquiera ahogándola conseguía reprimir aquel espasmo toca huevos. Un día, mientras jugaban al francés y Gracielita tenía la boca a rebosar, Felipe le taponaba los orificios nasales largo y tendido, pero nada; el hipo salía por algún otro sitio.

Lo más jodido es que, pese a todo, se amaban profundamente, necesitaban de su mutuo contacto. Eran culo y mierda antes del hipo y no podía ser de otra forma. Felipe se esforzaba, pero enseguida se ponía triquinósico. Era superior a él. Gracielita, arrastraba un enorme sentimiento de culpa.

 En aquel segundo 26, la suerte estaba echada. Sólo hacía falta que un trailer de escándalo viniera de cara por el carril contrario, al otro lado del cambio de rasante, para que todo acabara.

Heavy Metal

11 Febrero 2010

Dos amigos pasaban las horas más cálidas del día al amparo de una enorme acacia, en mitad de la subida que llevaba a la iglesia. El calor era sofocante en aquellas horas estivales, pero allí, a la sombra, incluso pasaba una brisa fresca y redentora. Mientras charlaban, decidieron armar uno de esos cigarros liados con aderezo marroquí. Después de las primeras caladas, los dos amigos se quedaron de piedra; por la escalera que conducía a la cima, un hombre corpulento subía de espaldas, mirando hacia la pendiente. Al verlo pasar, se miraron para confirmar que aquello no era una visión fruto de la psicodelia canábica; tal vez una promesa a la virgen…

‘El penitente’, al advertir la presencia de los dos chavales, no dudó en acercarse. Como si se conocieran de otra vida, se sentó junto a ellos al abrigo del sol, pidió unas caladas de humo y, sin más, explicó su historia. No tardaron en percibir cierta aura extraña entorno a aquel individuo que subía las escaleras de espaldas, pero su energía no parecía dominada por el maligno. En la cercanía del diálogo, observaron como su rostro, escondía señales profundas, cicatrices poco exageradas, pero hondas, sobretodo en las sienes. Asimismo, tenía los ojos muy separados y en diagonal y sus cejas parecían estar al revés. Estos rasgos, sumados a su voz superaguda, le conferían un aire de Sloth, el entrañable monstruo de ‘Los Goonies’ que, como el que tenían delante, decía: ¡Sloth quiere chocolate! Aunque en este caso no fuera del comestible…

No tardaron en conocer los detalles de aquellos costurones. Al abrirse el botón alto de la camisa, asomó la indefectible marca de una traqueotomía: después de un coma de nueve meses y un año y medio de recuperación, Sloth volvía a la normalidad. Eso sí, hasta los ojos de Prozak para combatir la enorme depresión postraumática que arrastraba desde el fatídico día en que se precipitó por la ventana de su noveno piso.

La vida no le pasó por delante en aquellos ocho eternos segundos de caída libre, todo un universo en el que únicamente barajó cómo absorber el golpe, apostando por la recepción en palillo, completamente erguido. Lo que sucedió segundos después, es todo un timbal de sangre, masa encefálica y ectoplasma. Con el impacto, Sloth se fue arrugando, resquebrajándose sus pies y tibias, quedándole las rodillas a la altura de la cadera y ésta, al nivel de los hombros. Se fue sentando sobre sí mismo hasta que, al hundirse su esternón perforándole los pulmones, pegó con todo el frontal en el suelo. Sólo en la cabeza, Sloth presentaba 34 fracturas, incluyendo nariz, pómulos y mandíbula por diferentes sitios. La materia gris se escurría por entre las brechas mientras sus orejas y ojos sangraban, pero pudo mantener el tronco erguido, y eso le salvó.

En aquel delicioso ocaso veraniego frente al mar, no solo podía andar normalmente, sino que seguía carburando mental y sexualmente: curiosamente, con el impacto, el único órgano que le quedó intacto fue su bien amada verga, que continuaba ejercitando, aunque en aquellos días fuera pagando, pues su novia le abandonó en mitad del coma, igual que su trabajo en una entidad bancaria con estrella. Aparte de las secuelas físicas y psíquicas, Sloth sólo había renunciado a subir las escaleras como todo el mundo, pues le daba vértigo notar la presencia del vacío tras de sí. Sólo eso; pero la sociedad sí le daba la espalda y debería meterle muchos huevos para recuperar el estatus de persona apta, normal.

Finalizado el monólogo, Sloth dejó ir unas sonoras risotadas ante el estupor de sus contertulios. Éstos, al unísono, sólo pudieron añadir:

-Hostia tío, ¡qué heavy!

A lo que él respondío sin dejar de emitir esa sonrisa tipo hiena.

-¡Heavy…jijiji, heavy metal!

 

    

 

 

El Vaquilla, El Rafita y La Naranja Mecánica

2 Febrero 2010

Aunque vive errante, vive/ Como un fugitivo siempre/ Siempre va najando, siempre/ Siempre perseguido/ Tu eres El Vaquilla, alegre bandolero/ Porque lo que robas, repartes el dinero/ Tu eres El Vaquilla, de buenos sentimientos/ Al final dependes de un simple carcelero.

Que lejos quedan los homenajes de Los Chichos y de José Antonio de la Loma, con sus epopeyas cinematográficas del mito del bandolero del siglo XX. Aunque no fuera precisamente un santo, el lumpen de suburbio encarnado por El Vaquilla, adquiere un aire romántico, de auténtico Robin Hood del asfalto, expoliando los recursos de la gran urbe en pro del suburbio chabolista, entendiendo el gueto como un Sherwood posmoderno. Efectivamente, El Vaquilla o El Torete eran parias, lumpens poligoneros, perros callejeros, chorizos de medio pelo como El Rafita, pero no asesinos despiadados como este Billy The Kid ibérico, de nuevo en la palestra informativa por su ineficaz reinserción. Raptar, violar, atropellar quince veces y quemar viva a Sandra Palo no tuvo excusa ni justificación posible.  Si además, el crimen es perpetrado por un crío de 14 años, la cosa escapa a toda lógica. El mismo origen desposeído, desestructurado y violento que El Vaquilla, pero regado con un ensañamiento de una bajeza asquerosa. Indigno incluso de las barriadas tipo Callejeros, escenario del Far West actual.

Algo está ocurriendo entre los chavales de hoy en día. Pocos meses atrás, los noticiarios se hacían eco de dos casos de violación perpetrados por niños ‘bien’ de 13-14 años. En estos casos sin muerte. La colonización del porno en todas las esferas ha invadido la pubertad. Series televisivas para adolescentes están repletas de escenas -sin ser explícitas- que no tienen su homólogo en la realidad que tratan de abanderar. Internet es una fuente inagotable de escenas ‘carnívoras’. Los chats y redes sociales son el escenario para el ligoteo anónimo, el que permite espolsarse los complejos e ir al grano sin contemplaciones. Mejor no extenderse en la indumentaria de instituto, que desafía las revolucionadas hormonas púberes a golpe de pantalones a medio poner, escaparate ideal para boxers y tangas minúsculos, más propios de la higiene bucal que de la moda juvenil. ¿Qué púber aspira a ser Zapatero pudiendo ser Nacho Vidal o Indira de GH? Abominable.

Aparte de la casposa jauría televisiva -con el orangután de Rafa Mora a la cabeza- o realities como Generación Ni-Ni -ni estudia ni trabaja ni sabe hacer la ‘o’ con un canuto-, el adolescente de a pie vive preso entre el botellón, la cruda realidad y el videojuego, encarnado en alter egos virtuales, armado hasta los dientes, destripando enemigos desde el salón de casa. Las telenoticias tampoco son muy alentadoras: hombres bomba que se inmolan, lapidaciones, conflictos étnicos, desastres naturales, corrupción política…parece que hará falta algo más que Avatar y su edulcorado mensaje ecologista para invertir el panorama. En la época dorada de El Vaquilla, lo que movía los actos de su pandilla era la necesidad, el desarraigo y cierta dosis de adrenalina producida por desafiar los tentáculos de la autoridad. Lo de El Rafita y sus drugos es un sinsentido, un desafío a toda ética, sólo comparable con la ultraviolencia descrita por Anthony Burguess en su cinematográfica novela La Naranja Mecánica.

Simbiosis: el salvoconducto para eludir la morgue

19 Enero 2010

Una mujer de 35 años queda encerrada durante ocho días en el ascensor interior de su domicilio y sale ilesa. Una avería en el suministro habría atrapado a la joven en el ascensor. Se desconoce de qué se habría alimentado para sobrevivir. Cierto estupor rodeaba la noticia. ¿Cómo lo habría conseguido?

 Tras la claustrofobia y el ahogo iniciales, cuerpo y mente se ponen a carburar. Sin darnos cuenta, la lucha por la vida se pone en marcha, activando la función McGiver en nuestro chip. Hay que sopesar la situación y descartar posibilidades, no es momento para lamentarse por no haber instalado un sistema de evacuación para casos afines, ni por vestir nuestros nuevos botines, impedidos por completo para improvisar una soga digna con los cordones. Lástima que nuestra protagonista  también hubiera descuidado su móvil de última generación, claro que entonces no habría artículo. De todas formas, McGiver jamás trató con la tecnología punta que manejamos hoy en día. Demasiado fácil.

 Conforme van pasando los días, la coyuntura se convierte, inevitablemente, en un pequeño gran drama carcelario con tintes de chiste. Todos somos susceptibles de caer en las garras del cautiverio, pero ver como tu ascensor se alía con la fatalidad para convertirse en una implacable celda de aislamiento, en un frío ataúd, es una traición difícil de digerir; pese a todo no debemos deseperar. A fin de cuentas, nuestro ascensor tampoco es Guantánamo: no vienen soldados a vejarnos en mitad de la noche. Es cierto, eres un reo igual y, en cierto modo, culpable de verte en tan desesperada tesitura, pero al menos no sirves de Tamagochi para marines. Y eso ya es algo.

Hay que mantenerse con vida. Como sea. Debemos confiar en que alguien nos echará en falta, presumiblemente la familia. Ahora bien, si pretendemos que alguno de nuestros cientos de amigos de Facebook tenga un pálpito y movilice la ayuda, lo llevamos claro. Según parece, la clave del éxito reside en una palabra: simbiosis. No seremos muy gráficos en las imágenes de cómo se encontraron el pequeño habitáculo, pero aprender cuanto antes a convivir en buena sintonía con nuestras deposiciones, es el salvoconducto que nos permitirá resistir el máximo de tiempo enclaustrados. Debemos tratar de alimentarnos con lo que tengamos, sin manías. No es cuestión de ponerse en plan Aminatu Haidar y emprender una huelga de hambre. Tampoco hace falta convertirse en Leo Bassi y relamerse extasiado al grito de ‘¡el placer de comer mierda!’, pero como medida de choque pasajera…no deja de ser un bocadito de comida procesada, no más que unos palitos de cangrejo o el choped. Otra cosa es el buqué, ahí sí que cada uno con su paladar.

Además, nuestra protagonista habría encontrado en esta simbiosis fecal el vehículo para sosegarse. Canalizando todas las emociones derivadas del hacinamiento de forma creativa, como en una suerte de recreación posmoderna del arte rupestre, habría encontrado la dosis definitva de catarsis y paz interior. No nos vamos a engañar; así empezó la cosa en Atapuerca un invierno que nevó mucho y no se podía salir de la cueva. El espacio se iba amontonando de residuos y uno que tenía hambre y buena muñeca decidió dibujar un bisonte con ellos. Fue el primer artista maldito, de esos que jamás llegan a saborear su éxito. Por suerte para nuestra amiga, con eso del arte conceptual de hoy en día, puede que tenga más suceso que su predecesor. En cualquier caso, no deja de ser un tributo póstumo entrñable. Y nunca mejor dicho…

Crónica negra en fin de año: pienso, luego existo

8 Enero 2010

Un año más, y ya van diez, las computadoras continúan carburando ajenas a nuestras cábalas, demostrando que la lógica binaria, aunque aburrida, es algo más infalible que nuestro caos de genes, regido por células enloquecidas y endorfinas tripadas así que llega el primero de año. No existe una explicación científica, simplemente el sinsentido se desata.

De entrada, nos comemos doce uvas de la suerte, resultado de cien años de marketing impecable. El 1909 fue un año con tal excedente de uva, que planteó la necesidad de venderla de algún modo. Y como aquí eso de la superstición se estila y mucho…Para aquellos que creían que lo de las uvas estaba extendido por doquier provocando la buenaventura mundial, lo sentimos; somos los únicos en todo el globo. Sentimos abatir mitos arraigados, pero la información rigurosa tiene estas colateralidades; incluso a pesar que la Esteban se las zampara todas sin que su tabique y su maxilar recién limados se resintieran.

Como todo son promesas de buena voluntad para el año entrante, parece que deban realizarse las malas: las lamentables agresiones de género se disparan; es la oportunidad para cumplir con el deseo de deshacerse del/la cónyuge, como si éste/a fuera peor que la nicotina, a pesar que, como cada primero de año, el tabaco suba de precio. ¡Para el año siguiente lo de dejar de fumar!

En las carreteras hemos mejorado algo, pero la demencia continúa embargando al español de a pie, sobretodo en el segmento de 18 a 35 años. Pese al carnet por puntos, las emboscadas policiales con etilómetros Dragger de última generación y las empitonadas legales, hemos rebajado pocos puntos los siniestros. Es una labor especialmente jodida para los profesores de física; cada primero de año comprueban como diferentes generaciones de alumnos olvidaron la teoría de la cinética, en la que un cuerpo que choca contra otro a gran velocidad produce un gran cisco. A más km/h, más descomunal es el cisco. Nunca falla. Claro que, hasta las trancas de estupefacientes y alcohol, ¿quién es el empollón que recuerda la fórmula?

En cualquier caso, lo más descorazonador de estas fechas, al margen de homicidios, supersticiones y buenos augurios, son los desalmados que regalan mascotas. Flaco favor.  La ternura inicial es remplazada por el esclavismo mutuo del paseo. Resultado: el chucho se pasa el día esperando el par o tres de ínfimas salidas para husmear culos y cuatro meaditas como si le fuera la vida, mientras procuramos moldear lo mínimo nuestras apetencias, normalmente a años luz de las suyas. En nueve meses, perreras a reventar. Exterminio. Ya se sabe, falta de espacio. Para eso están los gatos. Hacen compañía, no les hace falta ni salir de casa y además cagan en terrarios. Grotesco.

Sabe mal; es difícil no apiadarse de esas miradas puras e ingenuas de los cachorros antes de redimirse hacia una existencia más humana que cánida o gatuna. Sólo les queda rezar a Noé; suplicarle que sus dueños no sean de esos que quieran joderles más la vida vistiéndolos a conjunto o corrigiéndolos si mastican con ansia la comida de verdad, y no ese abominable e insulso pienso. Pienso, luego existo.     

Cul de sac en Belén

23 Diciembre 2009

Ha llegado cierto chivatazo a las dependencias de Atolladero que nos tiene preocupados. Según parece, en Belén, centro del mundo cristiano en estas fechas navideñas, la cosa está chunga, por no decir bastante jodida. Según nos han filtrado a primera hora de la mañana, la Virgen María tiene contracciones desde ayer y Jesusito podría estar a punto de caramelo, avanzándose a su nacimiento, algo inaudito en los últimos 2009 años de historia.

Además, parece que los efectos de la crisis mundial han hecho estragos en Belén. Es cierto, María y José nunca fueron grandes acaudalados, pero parece que esta Navidad será especialmente austera; José tuvo que entregar las llaves del pesebre a su banco la semana pasada al no poder afrontar la hipoteca milenaria que le constreñía. Así las cosas, parece que María deberá parir al raso, rodeada de peligros indómitos. No olvidemos que Belén se encuentra cercada por el gran muro de la vergüenza para evitar las hordas palestinas, hecho que dificultará enormemente la llegada de los reyes magos, que tendrán que emplearse a fondo y sincronizar sus GPS para llegar a la hora y encontrar a la desasistida María. Asimismo, con la parturienta vagando errante por las calles de Belén, se convierte en blanco fácil para los proyectiles de los Mártires de Al-Acqsa y demás células yihadistas, que ven una ocasión única para evitar el nacimiento del Mesías e imponer la Sharia o ley islámica por todo el globo.

Según ha trascendido, Baltasar es duda de última hora; aparte que ayer continuaba enchironado en Hopenhague después de liarla en la cumbre contra el cambio climático, su camello habría servido de fuente de alimento y posterior cobijo improvisado para Bear Greys, más conocido como ‘el último superviviente’. Parece improbable que el bueno de Baltasar pueda seguir la estrella a tiempo. O sea, este año, de mirra, nada.

Papa Noel también ha visto truncada su travesía anual. El calentamiento global habría dejado obsoleto su trineo, aunque las nieves de estos días parece que salvarán los muebles in extremis, al menos aquí en la Península. De todas formas, el gordinflón ya habría contactado con Al Gore para que Coca-Cola jubile de una vez los renos y le busque un medio de locomoción alternativo, más afín con los tiempos que corren.

En definitiva, un cúmulo de agónicos contratiempos se cierne sobre Occidente. El ocaso parece insalvable a estas alturas, aunque el Apocalipsis estuviera fechado para más adelante. Esperemos que, ya que nos vamos a quedar sin regalos, referentes y calendario, al menos podamos disfrutar de otro Belén, el de ‘la Esteban’, en la noche final.

Descenso aireado a las entrañas del averno

16 Diciembre 2009

No hemos podido esperar. La foto de la mirada gélida y sorprendida de Josef Fritzl -bautizado como el ‘Monstruo de Amstetten’- nos ha incitado a dedicarle una entrada. Desde Atolladero, lo primero que nos viene a la cabeza es una disyuntiva: o Fritzl era una  bestia parda extremadamente dotada intelectualmente o su mujer era una auténtica impedida, una cretina que había dejado de carburar si es que algún día lo había hecho.

Pensemos en la cantidad de bolas que tuvo que inventar Fritzl, a diario. ¿Cómo te tiras 24 años mintiendo sin contradecirte? Si ya cuesta mantener el tipo cuando se trata de una aventura pasajera, ya no digamos una doble vida -que las hay-, imaginemos lo chungo que ha de ser encerrar a tu propia hija en un sótano construido a medida -que tampoco consiguió advertir nadie- bajo el jardín, con la excusa que ha sido abducida por una secta.

Mientras, enterrada en vida, Elisabeth -18 años en el fatídico momento- va siendo sometida a reiterados encuentros incestuosos de los que nacen hasta siete hijo-hermanos. Los tres primeros fueron indultados por el ‘Monstruo’ que inventó una artimaña para hacer creer a mujer y amigos que Elisabeth, desde su cautiverio sectario, los había enviado para que se cuidaran sus abuelos. La policía ni se inmutó. Con el resto, Fritzl no toma riesgos y los hacina entorno a su madre-hermana mientras él les hace de padre-abuelo. ¿Cómo lo haría para aplicar la rigidez paterna o la condescendencia propia de los abuelitos? ¡Menuda disonancia genealógica!

El caso es de por sí escabroso, pero pensemos un momento en la cintura y la sangre fría del ‘Monstruo’. Es evidente que Fritzl es un demente, pero lo más inquietante, es que vivía perfectamente integrado en su comunidad; era uno más, aceptado, normal. Desde luego, este hecho deja en muy mal lugar a su mujer, hijos no sometidos y amigos. Nueva disyuntiva: o eran todos un enjambre de retrasados mononeurona o fueron cómplices de la jugada al no advertir nada raro.

Supongo que los términos del asunto son tan acojonantes que uno, por muy amigo que sea, al oler un asuntillo así, pestilente hasta la médula, no tiene el coraje de ponerlo encima de la mesa, como un tema de conversa más a la hora del té. Acusaciones así no son moco de pavo.

Lo que parece innegable, es que estos macabros casos, con superdotados o subnormales igualmente dementes, levantan pasiones entre la sociedad. Hasta la fecha en que se descubrió el sótano del horror, Amstetten no era más que una anónima localidad de la tranquila y, digámoslo claro, aburrida nación austriaca. Hoy, es el primer destino turístico del país después de su imperial Viena; sí, sí, ya posee más atractivo que Innsbruck y los majestuosos Alpes.

Y es que nuestra naturaleza es así. Las desventuras del ‘Monstruo’ han sido tan aireadas, que nos sentimos atraídos por el imán del maligno, por el alcance del lado oscuro. Sus actos, son vistos como una hazaña infame y terrorífica. Visitar el zulo del horror, es la experiencia más cercana a descender hasta las entrañas del averno; eso sí, pagando un ticket de entrada que asegura poder salir después a respirar aire puro. Así cualquiera.

Altas cotas de miseria humana: Parte 2

9 Diciembre 2009
Mausoleo dedicado a Miriam, Toñi y Desiré. Lo faraónico de sus proporciones equivale a la miseria que concentró el caso.
Mausoleo dedicado a Miriam, Toñi y Desiré. Lo faraónico de sus proporciones equivale a la miseria que concentró el caso.

 

Ahí va la segunda entrega de miseria humana, concentrada de  nuevo en el lastimoso caso de las niñas de Alcàsser. En este capítulo final, centraremos nuestra atención en el auténtico monstruo del suceso: Antonio Anglés y su destartalada familia.

Sin duda alguna, este apellido maldito y toda su estirpe, darían para diez temporadas de Callejeros y tal vez se quedarían cortas. Apoyados de nuevo en ‘Des de la tenebra’, los intríngulis de la familia Anglés se revelan infames. Acinados en una insalubre planta baja de Catarroja, los Anglés malvivían rodeados de yonquis putrefactos que venían a alimentar sus ansias en aquellas cuatro paredes. Antonio era camello y soñaba con forrarse y ser un personaje elegante y respetado; el Tony Montana del Levante.

Sus hermanos estaban todos tarados, carcomidos por la droga que el propio Antonio les vendía o tullidos de nacimiento; un panorama desolador. Su hermano Mauri, que alcanzó notables cotas de protagonismo en el Missispi navarrero, con tan solo quince años, le daba tanto al tabique como a la vena mientras robaba farmacias por los pueblos vecinos, protagonista de un far west a la valenciana digno de Eloy de la Iglesia.

Su madre, Neusa, trabajaba de madrugada en un matadero de pollos; cada noche, a mano, sesgaba la vida a unos 2.000 volátiles. Su padre, un borracho seboso que no pegaba un palo al agua, había conocido a Neusa en Brasil, cuando era cazador de cocodrilos, casi nada. Si algo parece evidente, es que nada bueno podía salir de semejante aleación genética, tan rodeada de muerte. Bueno, una cosa sí, un brillante sociópata, un grandísimo hijo de puta, frío e insensible, incapacitado para las emociones que invirtió muchas horas en su carrera delictiva. Dotado de un poder de decisión inquebrantable, Antonio conocía al milímetro la sierra levantina, dónde poseía diferentes escondrijos en los que amontonaba dinero y armas, llegando incluso a enterrar una moto de gran cilindrada para una futura huida.  Atlético y fibrado, entrenaba su agilidad y se alimentaba de hierbajos en sus épocas de forzoso cautiverio asilvestrado, como en una versión ibérica de John Rambo. Siempre supo que acabaría asesinando y su militancia al Rohipnol le ayudó en el empeño.

Desde Atolladero, podríamos entretenernos en un tercer capítulo de miseria protagonizada por Fernando García, padre de una de las chiquillas; pero el hombre ya ha tenido suficiente con perder a su nena y forrarse a costa del suceso, escarbando en el mal cuerpo de la gente, impulsado por la enorme atención de los medios de comunicación. Además, todo apunta a que acabará en Picassent con Ricart por difamación y extravío de pruebas, superado por la crudeza de los hechos y la impunidad de su autor principal.