The Banana Tribune

Jueves, 9 de septiembre de 2010     

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La redención de Felipe y Gracielita

Viernes, Febrero 19th, 2010

Esta entrada está dedicada a la memoria de Charles Osborne (1894-1991) que convivió 68 años (1922-1990) con el hipo.

A Felipe Escamilla le encantaba estrujar su flamante Golf. Aquella tarde soleada, era idónea para rebajar la marcha y disfrutar del paisaje, pero estaba hasta los huevos. Cuando vio aquel cambio de rasante no lo dudó ni un segundo, su paciencia había expirado definitivamente. Adelantar aquel camión a ciegas era la ocasión de emular a Thelma y Louis y acabar con aquel suplicio. Al verse envuelta en tan azaroso atolladero, Gracielita ni se inmutó, entregada a la ruleta rusa escogida por su novio. Después de más de un año con hipo, Gracielita se había cargado aquella relación que tanto prometía.

Lo habían probado todo, y nada. Felipe la quería y la odiaba a partes iguales. Tenía cronometrada su vida en lapsos de 28 segundos, los mismos que Gracielita vivía liberada del hipo. Lo curioso del caso es que ella había encontrado el modo de sobrellevarlo; incluso conciliaba el sueño -eso sí, a base de güisqui y Alapryl- y comía con normalidad, pero Felipe lo llevaba fatal. Estaban hechos el uno para el otro, eso lo sabían ambos. Su historia de amor era la más deliciosa, pero aquel inesperado ‘habitante’ ponía a prueba sus nervios.

Al principio, conscientes que aquello sería algo pasajero, lo abordaban con cachondeito. Felipe, incluso se dejaba ir caricaturizándola entre colegas, cuando llevaba una copita de más y Gracielita lo encajaba con el mismo descojone; pero los días iban pasando, las semanas, meses, tic tac tic tac, 22,23,…27,28 y ‘hip’. Felipe ya no soportaba aquel ruidito gutural, ni el gesto facial que el singulto provocaba en Gracielita. El hipo de su compañera le estaba amargando el carácter, le estaba arruinando la vida. Cuando estaban juntos, no podía estar pendiente de otra cosa. Daba igual lo que hicieran.

Al no haber un remedio farmacológico para el asunto, Felipe había probado de todo. Pero nada funcionaba. Un día, incluso había perpetrado un simulacro de robo ataviado de caco albanokosovar, pero ni por esas consiguió propinarle un susto de muerte. La famosa técnica de presionar el escafoides tampoco resultaba, y eso que Felipe le aplicaba una fuerza de 200 Newtons con su enorme pulgar, un apéndice más parecido a la pezuña de un jabalí. Ni siquiera ahogándola conseguía reprimir aquel espasmo toca huevos. Un día, mientras jugaban al francés y Gracielita tenía la boca a rebosar, Felipe le taponaba los orificios nasales largo y tendido, pero nada; el hipo salía por algún otro sitio.

Lo más jodido es que, pese a todo, se amaban profundamente, necesitaban de su mutuo contacto. Eran culo y mierda antes del hipo y no podía ser de otra forma. Felipe se esforzaba, pero enseguida se ponía triquinósico. Era superior a él. Gracielita, arrastraba un enorme sentimiento de culpa.

 En aquel segundo 26, la suerte estaba echada. Sólo hacía falta que un trailer de escándalo viniera de cara por el carril contrario, al otro lado del cambio de rasante, para que todo acabara.