The Banana Tribune

Jueves, 9 de septiembre de 2010     

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Heavy Metal

Jueves, Febrero 11th, 2010

Dos amigos pasaban las horas más cálidas del día al amparo de una enorme acacia, en mitad de la subida que llevaba a la iglesia. El calor era sofocante en aquellas horas estivales, pero allí, a la sombra, incluso pasaba una brisa fresca y redentora. Mientras charlaban, decidieron armar uno de esos cigarros liados con aderezo marroquí. Después de las primeras caladas, los dos amigos se quedaron de piedra; por la escalera que conducía a la cima, un hombre corpulento subía de espaldas, mirando hacia la pendiente. Al verlo pasar, se miraron para confirmar que aquello no era una visión fruto de la psicodelia canábica; tal vez una promesa a la virgen…

‘El penitente’, al advertir la presencia de los dos chavales, no dudó en acercarse. Como si se conocieran de otra vida, se sentó junto a ellos al abrigo del sol, pidió unas caladas de humo y, sin más, explicó su historia. No tardaron en percibir cierta aura extraña entorno a aquel individuo que subía las escaleras de espaldas, pero su energía no parecía dominada por el maligno. En la cercanía del diálogo, observaron como su rostro, escondía señales profundas, cicatrices poco exageradas, pero hondas, sobretodo en las sienes. Asimismo, tenía los ojos muy separados y en diagonal y sus cejas parecían estar al revés. Estos rasgos, sumados a su voz superaguda, le conferían un aire de Sloth, el entrañable monstruo de ‘Los Goonies’ que, como el que tenían delante, decía: ¡Sloth quiere chocolate! Aunque en este caso no fuera del comestible…

No tardaron en conocer los detalles de aquellos costurones. Al abrirse el botón alto de la camisa, asomó la indefectible marca de una traqueotomía: después de un coma de nueve meses y un año y medio de recuperación, Sloth volvía a la normalidad. Eso sí, hasta los ojos de Prozak para combatir la enorme depresión postraumática que arrastraba desde el fatídico día en que se precipitó por la ventana de su noveno piso.

La vida no le pasó por delante en aquellos ocho eternos segundos de caída libre, todo un universo en el que únicamente barajó cómo absorber el golpe, apostando por la recepción en palillo, completamente erguido. Lo que sucedió segundos después, es todo un timbal de sangre, masa encefálica y ectoplasma. Con el impacto, Sloth se fue arrugando, resquebrajándose sus pies y tibias, quedándole las rodillas a la altura de la cadera y ésta, al nivel de los hombros. Se fue sentando sobre sí mismo hasta que, al hundirse su esternón perforándole los pulmones, pegó con todo el frontal en el suelo. Sólo en la cabeza, Sloth presentaba 34 fracturas, incluyendo nariz, pómulos y mandíbula por diferentes sitios. La materia gris se escurría por entre las brechas mientras sus orejas y ojos sangraban, pero pudo mantener el tronco erguido, y eso le salvó.

En aquel delicioso ocaso veraniego frente al mar, no solo podía andar normalmente, sino que seguía carburando mental y sexualmente: curiosamente, con el impacto, el único órgano que le quedó intacto fue su bien amada verga, que continuaba ejercitando, aunque en aquellos días fuera pagando, pues su novia le abandonó en mitad del coma, igual que su trabajo en una entidad bancaria con estrella. Aparte de las secuelas físicas y psíquicas, Sloth sólo había renunciado a subir las escaleras como todo el mundo, pues le daba vértigo notar la presencia del vacío tras de sí. Sólo eso; pero la sociedad sí le daba la espalda y debería meterle muchos huevos para recuperar el estatus de persona apta, normal.

Finalizado el monólogo, Sloth dejó ir unas sonoras risotadas ante el estupor de sus contertulios. Éstos, al unísono, sólo pudieron añadir:

-Hostia tío, ¡qué heavy!

A lo que él respondío sin dejar de emitir esa sonrisa tipo hiena.

-¡Heavy…jijiji, heavy metal!