A pesar que nuestros medios no enfoquen sus parabólicas hacia esas latitudes, algo se está cociendo en Corea del Sur. Conducimos sus coches, utilizamos sus teléfonos móviles, equipamos nuestras madrigueras con sus electrodomésticos, pero no se vanaglorian, ni alzan la voz. Así, generalizando, creo que no sería osado afirmar que el español de a pie no tiene ni puta idea de cómo va la vida en la remota península coreana. Pues la cosa está chunga. El atolladero es inminente.
Un virus silencioso se expande y las autoridades surcoreanas empiezan a preocuparse. En los cibercafés la población cae como moscas, sobretodo el segmento de hombres entre 16-35 años.
Lee Sung disparó todas las alarmas un mes atrás. Después de cinco días apostado como francotirador entre los escombros virtuales de la batalla de Stalingrado, sus células claudicaron. Alimentado a base de Diazepan y Red Bull -el speedball de cibercafé- para mantener el pulso firme y reducir el pestañeo al mínimo, Lee Sung entraba en fallo multiorgánico, fruto de la vigilia continuada -ríete de la Ruta del Bacalao- y el enorme esfuerzo de concentración, siempre a través de la mirilla de su escopeta cibernética.
Desde que saliera a la luz este primer caso, los rotativos surcoreanos se hacen eco de situaciones paralelas hasta ahora silenciadas, que evidencian graves trastornos adictivos entorno a los juegos on-line. En un cibercafé de Seúl, un joven no dudó en ventilar a su madre in situ, harto de oír como ésta le regañaba por su vicio incontrolable al Zelda. No entraremos en detalles, da lo mismo si el chaval era un disociado, si efectivamente lo era porque jugaba al Zelda cada día desde los 8 años y ya tenía 22 o si la madre era una bruja implacable que merecía un game over. Lo relevante, es que esta misma discusión la tienen cada día miles de madres y parejas en hogares de todo el globo con consola en el salón. Claro que si la cosa no acaba en parricidio o en ultimatums tipo ‘Chun Go, eres un yonqui de la play; decide: la maquinita o yo’, el germen de la adicción se expandirá más y más, alienando por completo a los individuos que lo alimentan. Peligro.
Eso es lo que sobrevino al matrimonio Ho Lin. Como ellos mismos reconocen, la cosa se les fue de las manos. Al dar a luz a Cho Tao, perjuraron que sólo pisarían el ‘ciber’ los sábados; pero las palabras se las lleva el viento y sus alter egos virtuales enseguida exigieron mayores dosis de atención. Al volver del trabajo, él se transformaba en Lionel Messi, mientras ella, pasaba el día encarnada en Miss Death, una mercenaria Blackwater en misión especial por Kabul, conectada en todo momento a su grupo de asalto, a la caza de talibanes virtuales. En estas condiciones de dependencia y enajenación, Cho Tao -de sólo tres meses de edad- no pudo más que rendirse a la inanición, incapaz de valerse por sí mismo, olvidado por sus progenitores.
En su vecina norteña las cosas tampoco andan mucho mejor. Hasta los ojos de kriptonita, Kim Jong-il, prócer supremo e implacable general de la nación norcoreana centra todas las miradas de occidente y la verdad, acojona. Así, a bote pronto, no sabemos qué parece más aterrador: ver cómo los surcoreanos se suicidan en masa en los cibercafés, yonquis de banda ancha y Matrix o cómo sus vecinos se enrolan en una guerra nuclear, a las órdenes de una momia enamorada de Madame Curie.


Últimos comentarios