No es ninguna noticia que el antropocentrismo, esa corriente que nos lleva a creernos superiores al resto de animales y seres vivos, está totalmente arraigado entre la humanidad. Todas las civilizaciones que pueblan el planeta interactúan con el mundo animal, estableciendo relaciones simbióticas, pero también descaradamente dominantes sobre el resto de bestias del reino; si hasta en el reino de Shiva se adiestran elefantes pese a su paquidérmica inteligencia…es así, los pulgares, el lenguaje y el desarrollo de la materia gris nos han permitido dirigir la vida de casi todos los animales, sometiéndolos a nuestro antojo. Un sometimiento que en algunos casos les ha salvado la vida y en otros muchos se ha cobrado lastimosas extinciones. El ‘desarrollo’ humano es lo que tiene, daños colaterales…
Así, no es de extrañar casos como el de Douglas Spink, un ex jinete defenestrado convertido en trepa buscavidas por culpa del tráfico de estupefacientes, que abrió algo así como ‘la granja lupanar’, en la que un enjambre de equinos, cánidos y roedores vivían encerrados, a la espera de encuentros sexuales. Ahora, no con otros de su condición -todos sabemos que existe mucha indigencia sexual entre las mascotas poco agraciadas; ya se sabe, en el parque los dueños no están para que sus perritas en celo se crucen con cualquiera- sino con humanos. Lo que hubiera podido ser una iniciativa del todo loable: todos los animales deberían tener derecho a purgar sus instintos con un similar y abandonar por un día el cojín o lo que sea que utilicen para aliviarse; se ha transformado en una pérfida maquinación en la que los animales servían como alcahuetas para venales zoofílicos venidos de todo el mundo.
Como era de esperar de un politoxicómano consumado como Spink, tenía a toda la granja completamente drogada. Según han relatado fuentes veterinarias del estado de Washington, todos los integrantes de esta corte de fulanas plantígradas presentaba síntomas evidentes de dependencia a la ketamina y al LSD, ambas sustancias suministradas por Spink para que los mamíferos pudieran evadir sus mentes mientras prestaban sus cuerpos a las corruptelas sexuales de nuestros similares.
Pese a todo, a tenor de las imágenes intervenidas al único cliente que se encontraba sumido en el rubor de la granja, un individuo británico de 51 años amante de las orgías con cánidos, los chuchos no parecían forzados a interpretar rol alguno, aunque se mostraban paralizados, a saber si debido a la vergüenza o a la acción de los anestésicos. Mejor omitiremos detalles. Los investigadores han intentado tomar declaración a todos los afectados, pero sólo han obtenido un manojo de relinches, ladridos y chasquidos de difícil interpretación.
Lo más penoso ha sido descubrir el estado de la nutrida representación roedora, más indefensa y por tanto, más expuesta a la dominación. Aparte de los enormes cuelgues que Spink les proporcionaba, consciente que eran los que más sufrían, los roedores tenían en sus espaldas la responsabilidad de interpretar el papel más arriesgado de la granja: el conocido juego de Armageddon, en honor al primer ratoncito, homónimo, obligado a adentrarse en el recto de su amo, introducido a través de un tubo de metacrilato, para que sus largos bigotillos cosquillearan las paredes de su próstata mientras éste se masturbaba.
El final de Armageddon lo conocemos casi todos. Su curiosidad -no entendía nada el pobre- lo llevo hacia el intestino, perdiéndose en la oscuridad del colon. Asustado, su dueño lo llamaba: ¡Armageddon, Armageddon, sal de ahí ya! mientras alumbraba con un mechero el extremo del tubo para mostrarle la luz al final del túnel. Lo que acaeció entonces es lo más parecido a una explosión de grisú humana. Con la dilatación prolongada se cuela el aire y ya la tenemos liada: contener una ventosidad en esas circunstancias es una gesta heroica que puede costarnos muy caro, pero no digamos a nuestro intrépido roedor minero. Gas de las entrañas con su correspondiente carga sulfurosa, llamarada de película, expulsión de Armageddon en forma de pirotecnia ratonil. Todos los roedores allí hacinados, embadurnados de vaselina, vivían en un incierto presente, como en una ruleta rusa permanente, a la espera del próximo desviado que visitara la granja.
Es una de las colateralidades de la búsqueda de nuevas sensaciones; crear individuos completamente descaminados. La verdad, no me imagino a un caballo tan salido que intente zumbarse a una hembra bisonte por las praderas de Yellowstone, ni a un jerbo del desierto completamente desatado, intentado penetrar a una largatija. Ya no digamos los perros, el can, nuestro amigo más fiel, ¿qué sucedería si éstos empezaran a sodomizar gatos? Sin duda, el bestialismo es cosa humana.


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