La miseria del periodismo cultural se revela de modo particularmente flagrante (además de recurrente) a propósito de los premios literarios. Repetiré aquí lo que ya he dicho en varias ocasiones: el cambalache de los premios literarios no se sostendría sin la connivencia cínica y entusiasta de los periodistas culturales, que una y otra vez fingen ignorar el mecanismo esencialmente corrupto de la mayor parte de esos premios y aceptan dar como noticia relevante lo que en rigor viene a ser simple publicidad.
Durante los últimos días, casi todos los periódicos nacionales han informado generosamente de la concesión del Premio Nadal a Clara Sánchez, en la noche del pasado día 6. Todos han fingido ignorar que el premio se pactó semanas o meses atrás. Todos han fingido creer que el jurado escogió soberanamente la novela de Clara Sánchez en abierta competencia con las 261 otras novelas presentadas a concurso. A ninguno se le ha ocurrido preguntarse cómo puede ser que Clara Sánchez, ganadora, en el año 2000, del premio Alfaguara, dotado con 133.300 euros, se haya conformado con los 18.000 euros con lo que está dotado el Nadal. En lugar de eso, todos han coincido en calificar el premio Nadal de prestigioso, cuando no como el más prestigioso, de los que se concede en España. Todos han acatado sin extrañeza la sibilina decisión de la editorial de suprimir la figura del finalista. Ninguno se ha permitido ironizar sobre el argumento de la novela, que tiene por protagonistas a una vieja pareja de nazis.
Hagamos cuentas: si se suma todo el espacio que en la prensa ha dedicado a “cubrir” la concesión del premio Nadal y se calcula el coste que para la editorial tendría ese mismo espacio si lo comprara como espacio publicitario (para hacer un publicidad en cualquier caso mucho menos efectiva que la publicidad indirecta que suponen las numerosas fotos, entrevistas, titulares, consignas y precipitados juicios de valor aparejados a un tratamiento informativo supuestamente neutral), se comprenderá fácilmente la rentabilidad que, para las editoriales que los conceden, tienen los premios literarios, convertidos en extraordinarias plataformas de promoción por virtud, como digo, del periodismo cultural, empeñado en actuar como agente gratuito de provechosas campañas comerciales.


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