The Banana Tribune

Viernes, 12 de marzo de 2010     

Premio

9 Enero 2010

La miseria del periodismo cultural se revela de modo particularmente flagrante (además de recurrente) a propósito de los premios literarios. Repetiré aquí lo que ya he dicho en varias ocasiones: el cambalache de los premios literarios no se sostendría sin la connivencia cínica y entusiasta de los periodistas culturales, que una y otra vez fingen ignorar el mecanismo esencialmente corrupto de la mayor parte de esos premios y aceptan dar como noticia relevante lo que en rigor viene a ser simple publicidad.

Durante los últimos días, casi todos los periódicos nacionales han informado generosamente de la concesión del Premio Nadal a Clara Sánchez, en la noche del pasado día 6. Todos han fingido ignorar que el premio se pactó semanas o meses atrás. Todos han fingido creer que el jurado escogió soberanamente la novela de Clara Sánchez en abierta competencia con las 261 otras novelas presentadas a concurso. A ninguno se le ha ocurrido preguntarse cómo puede ser que Clara Sánchez, ganadora, en el año 2000, del premio Alfaguara, dotado con 133.300 euros, se haya conformado con los 18.000 euros con lo que está dotado el Nadal. En lugar de eso, todos han coincido en calificar el premio Nadal de prestigioso, cuando no como el más prestigioso, de los que se concede en España. Todos han acatado sin extrañeza la sibilina decisión de la editorial de suprimir la figura del finalista. Ninguno se ha permitido ironizar sobre el argumento de la novela, que tiene por protagonistas a una vieja pareja de nazis.

Hagamos cuentas: si se suma todo el espacio que en la prensa ha dedicado a “cubrir” la concesión del premio Nadal y se calcula el coste que para la editorial tendría ese mismo espacio si lo comprara como espacio publicitario (para hacer un publicidad en cualquier caso mucho menos efectiva que la publicidad indirecta que suponen las numerosas fotos, entrevistas, titulares, consignas y precipitados juicios de valor aparejados a un tratamiento informativo supuestamente neutral), se comprenderá fácilmente la rentabilidad que, para las editoriales que los conceden, tienen los premios literarios, convertidos en extraordinarias plataformas de promoción por virtud, como digo, del periodismo cultural, empeñado en actuar como agente gratuito de provechosas campañas comerciales.

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Noticias culturales

7 Enero 2010

Entre las aparecidas ayer, día de Reyes:

En ELMUNDO.es:

“Un pianista con dedos biónicos recibe un piano de última generación”

“Estatuas gigantes y monumentos milenarios a 40 grados bajo cero: la ciudad de Harbin, en China, inaugiura su XXVI Festival del Hielo con reproducciones de construcciones y figuras históricas”

En ABC.es:

Avatar tendrá sexo en su versión DVD”

González Sinde: “Podéis estar tranquilos, internet va a seguir existiendo”

“Fox pensó en hacer la calle para prepararse. La actriz estadounidense dará vida a una prostituta en su nueva película Johan Hex

“Nace la ciudad vertical. Fuegos artificiales, paracaidistas y un millar de agentes acogieron anoche en Dubai la inauguración del edificio más alto del mundo”

En LAVANGUARDIA.es:

“Los creadores del GTA IV lanzan un videojuego sobre el western”

“Un tema inédito de Michael Jackson y Lenny Kravitz, en internet sin autorización”

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Mairena cavila

31 Diciembre 2009

“Juan de Mairena se preguntó alguna vez si la difusión de la cultura había de ser necesariamente una degradación y, a última hora, una dispación de la cultura; es decir, si el célebre principio de Carnot tendría una aplicación exacta a la energía humana que produce la cultura. El afirmarlo le parecía temerario. De todos modos –pensaba él-, nada parece que deba aconsejarnos la defensa de la cultura como privilegio de casta, considerarla como un depósito de energía cerrado, y olvidar que, a fin de cuentas, lo propio de toda energía es difundirse y que, en el peor caso, la entropía o nirvana cultural tendríamos que aceptarlo por inevitable. En el peor caso –añadía Mairena–, porque cabe pensar, de acuerdo con la más acentuada apariencia, que lo espiritual es lo esencialmente reversible, lo que al propagarse ni se degrada ni se disipa, sino que se acrecienta. Digo esto para que no os acongojéis demasiado porque las masas, los pobres desheredados de la cultura tengan la usuaria ambición de educarse y la insolencia de procurarse los medios para conseguirlo.”

Antonio Machado, Juan de Mairena, 1936

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Dos ejemplos

28 Diciembre 2009

Las secciones de cultura son, como vengo insistiendo, cajones de sastre o más bien contenedores a los que suele ir a parar todo aquello con lo que un diario no sabe muy bien qué hacer. Por lo mismo, constituyen espacios idóneos para que se cuele en ellos, bien que excepcionalmente, algún incontrolado; tipos que, por ocuparse de cosa tan vaga e inocua como la cultura, pueden permitirse ejercitar sobre los objetos sometidos a su consideración una mirada más libre y más crítica que la de sus colegas de otras áreas. Es el caso, por lo que a El País toca, de Diego A. Manrique, veterano periodista y crítico musical que de un tiempo a esta parte escribe para la sección de Cultura de este diario una columna semanal que destaca por su agudeza, por su acidez y por la independencia de su muy fundado criterio. Acudiendo al socorrido expediente de proponer en estas fechas un balance del año que concluye, hoy se descuelga Manrique con una columna verdaderamente ejemplar de lo que puede llegar a ser el periodismo cultural bien entendido. Quería poner el link, pero cuando se clica el artículo al que me refiero en Elpaís.com sale un artículo de dos semanas antes, vaya uno a saber por qué. Si el improbable lector de este blog tiene ocasión de asomarse de algún modo al artículo de hoy, que no se lo pierda. Entretanto, en el mismo diario, y también hoy, otros dos artículos ilustran, a contrario, lo que segrega el periodismo en general, y el cultural en particular, cuando se confía a los escritores españoles. Almudena Grandes, echando también mano del socorrido expediente de hacer balance del año, endilga un sonrojante sermoncito que pone de manifiesto su buena conciencia y sus mejores intenciones; en tanto que Benjamín Prado añade un faldón a la crónica bastante reticente que Fernando Niera hace del concierto que dio ayer en Madrid Joaquín Sabina y nos cuenta, una vez más, lo guay que es ser su amigote y lo bien que se lo pasaron quienes fiueron invitados a la fiesta privada que se daba después del concierto, en la que, por cierto, estaba también Almudena Grandes. La crónica de Niera y el faldón de Prado me mueven a recordar, por cierto, la excelente columna que hace cosa de un mes dedicó Manrique a Sabina. De ésta sí tengo el link. Por favor, léanla, si no lo han hecho.

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LA LISTA

26 Diciembre 2009

Poco antes de la diáspora navideña, la comidilla de los círculos editoriales fue la lista de los diez mejores libros de 2009 hecha pública por el diario El País. La lista coincidía con otras muchas de semejante tenor aparecidas en otros tantos periódicos, pero, dada la influencia que se atribuye a El País, fue la de este periódico la más comentada.

Pocas sorpresas en lo relativo a la mecánica empleada: conforme a la lógica plebiscitaria que suele pervertir todas las manifestaciones culturales de nuestra época, el criterio de calidad se sostiene en una representación cada vez más nutrida y variada de votantes, cincuenta en este caso, entre los que poco más de una docena pueden ser considerados críticos o reseñistas en un sentido cabal; el resto son escritores y articulistas (que lucen ocasionalmente como comentaristas) o, más netamente, periodistas culturales, esa especie cada vez más versátil que, como ya Hans Magnus Henzensberger diagnosticó hace mucho, viene desplazando –en la prensa y fuera de ella– al crítico tradicional.

Tampoco se dan sorpresas en la lista resultante, que delata con claridad, como casi siempre, los dos vectores que la determinan. Por un lado, la aletoriedad derivada del acopio masivo de títulos caprichosamente propuestos por lectores que, por el simple hecho de ser adultos y andar ocupados en sus cosas, es improbable que se dediquen a leer las novedades del año, como no sean las que conciernen más directamente a sus intereses o a su especialidad, motivo por el que el margen de coincidencia es muy escaso, y se produce generalmente con libros que, por una razón u otra (no necesariamente ligada a su interés o a su calidad), han dado que hablar. Por otro lado, está el efecto de inmediatez: es decir, el recuerdo cercano de las últimas novedades, las que acuden más prontamente a la memoria. Y envolviéndolo todo, cómo no, el esnobismo que acecha a todo aquel que se ve en la situación de hacer públicas sus lecturas y sus preferencias.

¿Puede nadie aceptar que en el quinto puesto de la lista se hallen las Memorias de Giacomo Casanova, publicadas hace escasas semanas y que suman más de tres mil páginas? ¿Y que el segundo puesto lo ocupe La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina, novelón publicado hace apenas un mes y que roza las mil páginas?

O los lectores consultados son tipos muy disponibles y voraces, o está claro que por lo menos algunos de ellos votan de oído, ateniéndose a criterios oportunistas. Como sea, la lista resultante es un despropósito que a nadie en su sano juicio puede servir de orientación, como no sea para hacerse una idea aproximada de lo que podría ser, en lo que a novedades editoriales se refiere, el canon de lo políticamente correcto, que destaca, entre el pandemónium de lo publicado, autores tan distinguidos –¡y tan rabiosamente actuales!– como Wislawa Szymborska, Haroldo Conti o Emily Dickinson.

En la cima del canon, naturalmente, Anatomía de un instante, de Javier Cercas, libro que, aparte sus méritos, cuenta con la ventaja de discurrir sobre una materia de todos conocida, de modo que, llegado el caso, cabe hablar de él sin la necesidad de haberlo leído, fiándose del prestigio de su autor, de los despliegues informativos y de las listas de libros más vendidos.

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EL ARTISTA Y SUS AMOS

18 Diciembre 2009

La labilidad del concepto de cultura no sólo explica que las secciones que en los diarios se destinan a esta materia sean un cajón de sastre: explica también que en no pocas ocasiones la liebre salte por donde menos se la espera y sea en otras secciones donde se encuentren las verdaderas noticias culturales. Ocurría así en La Vanguardia de ayer, que daba en la página 9, sección Internacional, una información que ofrece mucho que pensar. La titulaban “Cantar para los narcos”, y el sumario rezaba: “Paquita la del Barrio sale en defensa de los artistas detenidos en las fiestas navideñas de las mafias mexicanas”. Bajo su aspecto pintoresco, la información (en la que se daba cuenta de las detención, durante  una redada, de varios artistas sorprendidos mientra actuaban en fiestas de los narcos) venía a plantear una cuestión de amplio calado: la relación de los artistas con el poder (en este caso, el poder de las mafias, que en México al menos no es inferior al del Estado) y la responsabilidad que adquieren al servirlo. “Trabajo es trabajo”, dice Paquita la del Barrio. Y en referencia a los capos del narco: “Me ha tocado trabajar para ellos. Son gente muy culta, y yo la respeto”. Poco que añadir a tan concluyentes declaraciones. Por lo demás, cabe preguntarse si el delito en que incurrieron los artistas detenidos puede ser invocado retroactivamente. ¿Qué hacer con los artistas españoles que acudieron en Colombia a fiestas organizadas por Pablo Escobar? ¿Y qué con Raphael, que cantó para Franco? ¿O con los artistas que lo hicieron para Pinochet? ¿Y si nos enteramos que determinados artistas actuaron en una fiesta que daba Millet, o Macià Saavedra? ¿En dónde fijamos la barrera que pone un límite entre la necesidad de captar clientes y la conveniencia de saber seleccionarlos debidamente?

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INTROITO

12 Diciembre 2009

Vamos a tratar de discurrir en este blog sobre periodismo cultural. Es decir, sobre el tratamiento que la cultura recibe en los periódicos (nos circunscribiremos a eso: a la prensa escrita). El asunto no es particularmente excitante, lo sé; pero sí tiene, al menos, algo de intrigante. Y es que, hoy por hoy, resulta cada vez más difícil acotar el concepto de cultura que los periódicos manejan. Se diría que se trata de un concepto resbaladizo, o demasiado vago, que les produce una cierta incomodidad. Prueba de ello son, para empezar, algunos de los epígrafes “informales” que encabezan las secciones destinadas a la materia: Culturas, titula Público; iCult, El Periódico de Catalunya. Los más conservadores, suelen asociar el término Cultura a otros supuestamente concurrentes: Espectáculos, Deportes, Tendencias, Ocio, Fin de Semana… Da la impresión de que el concepto más convencional de cultura ha sido injertado por el concepto antropológico, mucho más extenso. O, más probablemente, que los márgenes que al concepto de cultura imponía la alta cultura, por un lado, y la cultura popular, por el otro, se han visto dinamitados y confundidos por el pandemónium de la cultura de masas y de la industria cultural. Entretanto, en la sección de cultura de cualquier diario cabe de todo. Baste ver el sumario de hoy en la de ELPAÍS.com: la búsqueda de la fosa en que fue enterrado García Lorca, la gala de los 40 principales, un nuevo modelo de Kindle Amazon, una entrevista con la actriz Emma Thompson, la inauguración por Felipe de la Fundación Príncipe de Girona, la renuncia de José Tomás a torear en la Feria de abril de Sevilla, la polémica desatada en Estados Unidos por el hecho de que la princesa que protagoniza la última creación de Disney sea negra como Obama, el espectacular incremento de taquilla de las películas españolas durante el último puente de la Inmaculada… ¿Cómo se cose todo esto? La palabra cultura parece ser el talismán que lo consigue, aun cuando nadie parece saber demasiado bien cómo funciona. Trataremos de irlo averiguando.

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