Tuve un amigo que murió fulminado de un infarto en mitad de la calle. Se llamaba ‘El Soto’. Estaba muy cascado por el consumo continuado de heroína en los años en que los delincuentes protagonizaban las películas de quinquis y no Luis Tosar poniendo voz de laringectomizado tomando por el culo. El caso es que el Soto contaba una anécdota curiosa que en cierta medida le emparienta con el Cristiano Ronaldo y el Kaka que estamos viendo en Madrid.

Calzado en sus botas camperas de piel de cocodrilo, el Soto se fue a pillar caballo con la mala fortuna de que un estupa o policía de incógnito se encontraba entre los yonquis que se arremolinaban alrededor del camello. Cuando éste sacó la placa, por lo que fuera, no logró prender al pollero de turno, pero sí, como consolación, al Soto. Mi amigo, desesperado, respondió dándole una patada en los cojones.
No sirvió de nada. Le detuvieron. Pero fue gracioso que el madero, para que constase en acta que el detenido se había resistido con violencia, presentó como prueba la huella de la bota campera de piel de cocodrilo que conservaba en el pantalón después de la patada. El Soto, en lugar de protestar, se enorgulleció de que sus botas camperas de piel de cocodrilo hubieran llegado tan lejos, a un atestado nada menos. Y al trullo que se fue.
Siento algo parecido cuando Cristiano se marca un golazo como el de ayer. Méteselo al Olympique, cabrón, y que no sea el uno a tres en el minuto noventa y cuatro. Esperamos al Lyon con poco más que eso, la huella de su zapatazo al Villarreal sobre el césped, porque estos seis goles ¿a quién cojones le importan? Son un orgullo bastante inútil.
Sólo los madridistas que desde hace años estudian cada mañana el Marca moviendo los labios al leer pueden experimentar un mínimo de alegría con este resultado. Lo que no quita que también me recuerden al Soto. Decía este buen hombre que cuando le venía el mono estando en los calabozos antes de ir a prisión, lo pasaban tan mal, él y los que estaban como él, que no les quedaba otra que hacerse pajas. No servía para nada, pero era como una especie de ilusión de alivio, me explicó. Los que casualmente se topaban con tal escena, un yonqui tirado en el suelo haciéndose pajas entre sus vómitos con la polla flácida, levantaban una ceja y no de Zapatero precisamente. Así miro yo a los setenta mil espectadores de anoche. Y eso que me también me gusta el mambo.


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